El optimismo racional y la Escuela Austríaca

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La otra parte que no te dicen: por qué la prosperidad humana no necesita permiso estatal

Había una vez, allá por los inicios de la década de los noventa, un joven e ingenuo estudiante de economía en una universidad pública española. Un chaval que, pertrechado con tres manuales de sociología barata y un tiralíneas mental, creía firmemente que la sociedad era una especie de maqueta de Lego que los burócratas del ministerio correspondiente debían ensamblar por nuestro propio bien. Por aquel entonces, yo era un devoto creyente de la cantinela apocalíptica de moda: estaba convencido de que nos quedaríamos sin petróleo para el año 2000, de que las cosechas serían devoradas por un frío glacial o un calor abrasador —el catastrofismo es flexible con las temperaturas— y de que la demografía nos obligaría a alimentarnos de pienso sintético en cubículos estatales de hormigón gris.

Sí, asumo mi culpa sin paños calientes: yo también fui un tonto útil del neomalthusianismo más rancio.

Por fortuna, el cerebro es un órgano plástico y la lectura terapéutica de Ludwig von Mises, sumada a la posterior demolición empírica de Matt Ridley en The Rational Optimist (2010), me curaron la miopía intervencionista. Hoy, libre de la pesadumbre intelectual que tanto beneficia al poder político, quiero desgranar por qué los planificadores estatales insisten en pintarnos un mañana distópico a menos que les entreguemos hasta la última peseta de nuestra soberanía.

Sentaos cómodos. Esto no os lo van a explicar en la televisión pública.

 

El «coito de las ideas»: de la Escuela de Salamanca al orden espontáneo de Hayek

La tesis central de Ridley es tan demoledora para el ego del planificador central como estimulante para el individuo libre: el progreso humano ocurre cuando las ideas «tienen sexo» entre sí. Al igual que la evolución biológica se nutre de la recombinación genética, el desarrollo tecnológico y cultural se dispara cuando los individuos intercambian bienes, servicios y, sobre todo, conocimientos de manera voluntaria.

Sin embargo, antes de atribuirle todo el mérito al bueno de Ridley o al mismísimo Friedrich A. Hayek, hagamos un ejercicio de justicia histórica. Esta idea de que el orden social surge de forma natural a través de las interacciones humanas y el comercio no nació en Chicago ni en Viena; germinó en España.

Ya en el siglo XVI, los teólogos y juristas de la Escuela de Salamanca sentaron las bases doctrinales de la libre asociación y la limitación del poder estatal. El gran Martín de Azpilcueta (1556), en su Comentario de resoluciones de cambios, y Diego de Covarrubias entendieron antes que nadie que el valor de las cosas no lo determinan los decretos del monarca, sino la valoración subjetiva de los agentes en el mercado. Azpilcueta observó con asombrosa lucidez que:

«El dinero vale más donde y cuando hay falta de él, que donde y cuando hay abundancia.»

Esta noción de la dispersión del conocimiento y la imposibilidad de centralizar la información fue refinada siglos más tarde por Hayek en su célebre ensayo The Use of Knowledge in Society (1945). El austriaco nos recordó que el conocimiento científico y práctico no reside concentrado en la mente de un burócrata iluminado, sino fragmentado e imperfecto entre millones de seres humanos.

El mercado, mediante el intercambio, actúa como una gigantesca mente colmena voluntaria. Ninguno de nosotros sabe cómo fabricar un ordenador portátil desde cero —desde la extracción del silicio hasta la programación del microprocesador—; sin embargo, el orden espontáneo lo produce diariamente a precios cada vez más accesibles. El estatismo, por contra, insiste en que para volar un avión primero debemos nacionalizar la gravedad.

 

El «teorema del lápiz» y la cataláctica globalizada

Para ilustrar este milagro de la cooperación social, Ridley recupera un experimento mental popularizado por Leonard Read en su famoso ensayo I, Pencil (1958). ¿Cómo es posible que un objeto tan simple como un lápiz de madera requiera la cooperación inconsciente de millones de personas que no se conocen entre sí, que hablan idiomas distintos y que, probablemente, se odiarían a muerte si coincidieran en la misma habitación?

La respuesta se alinea con la teoría de la acción humana de Mises (Human Action, 1949). No comerciamos porque nos desborde una generosidad franciscana; comerciamos porque valoramos más lo que recibimos que lo que entregamos. El carnicero y el panadero de Adam Smith siguen tan vigentes hoy como en el siglo XVIII, por mucho que a la intelectualidad bienpensante le produzca sarpullidos admitirlo.

El optimismo racional se fundamenta en que el libre intercambio es un juego de suma positiva. Frente al dogma mercantilista y marxista que afirma que la riqueza de unos se erige sobre la miseria de otros, la realidad económica demuestra que la especialización genera una sinergia insustituible.

Cada vez que un gobierno impone un arancel, establece un salario mínimo por decreto o interviene las patentes bajo el pretexto de la «soberanía nacional», lo que realmente hace es practicar una vasectomía intelectual a nuestro cerebro colectivo. Corta las conexiones. Evita que las ideas copulen.

 

El Estado como el eterno parásito del progreso tecnológico

A lo largo de la historia, las épocas de mayor florecimiento humano han coincidido invariablemente con la fragmentación y la descentralización del poder político. La Grecia clásica de las polis, las ciudades-estado italianas del Renacimiento, la Holanda del siglo XVII o la revolución industrial británica no ocurrieron gracias a la visión de sus gobernantes, sino a que los gobernantes estaban demasiado ocupados o eran demasiado débiles para asfixiar la iniciativa privada.

Aquí, la conexión con el análisis rothbardiano es inevitable. En Power and Market (1970), Murray Rothbard clasificaba las intervenciones estatales en tres categorías destructivas:

  • Intervenciones autocráticas: Mandatos directos que obligan al individuo a realizar tareas sin beneficio mutuo.
  • Intervenciones binarias: Coacción directa entre el Estado y el súbdito (impuestos e inflación).
  • Intervenciones triangulares: El Estado impone condiciones a las transacciones voluntarias de terceros (licencias, salarios mínimos, regulaciones).

 

Todas ellas, sin excepción, merman la utilidad social y frenan el desarrollo. Ridley lo documenta históricamente de forma impecable: cuando un imperio centralizado acumula el poder suficiente, la casta extractiva de burócratas, militares y sacerdotes de la moral pública devora la base productiva.

Ocurrió con el colapso del Imperio Romano, asfixiado por las devaluaciones monetarias de Caracalla y los controles de precios del edicto de Diocleciano del 301 d.C. Y ocurrió también en España. El jesuita Juan de Mariana (1609), en su valiente tratado De monetae mutatione (Tratado sobre la alteración de la moneda), arremetió contra los desmanes del rey Felipe III, quien devaluaba el vellón de cobre para sufragar los gastos de la Corona. Mariana consideraba que la alteración artificial de la moneda por parte del gobernante equivalía a un robo sistemático de la propiedad privada de los súbditos:

«Si el Príncipe no es señor, sino administrador de los bienes de los particulares, ni por aquel consentimiento de los ciudadanos les podrá quitar parte de sus bienes… como se hace siempre que se baja la moneda.»

Por defender estas ideas tan «peligrosas», Mariana acabó en prisión. Los burócratas cambian de ropajes con los siglos, pero su aversión a la libertad económica permanece intacta.

 

El cansancio del apocalipsis: Julian Simon y el recurso definitivo

No podemos llamarnos optimistas racionales sin rendir tributo al economista libertario Julian Simon y su obra maestra The Ultimate Resource (1981). Simon pasó a la posteridad por ganarle una célebre apuesta al ecologista catastrofista Paul Ehrlich. En 1980, Ehrlich apostó a que el precio de cinco metales seleccionados (cobre, cromo, níquel, estaño y wolframio) subiría drásticamente en una década debido al inevitable agotamiento de los recursos naturales.

Diez años después, en 1990, los cinco metales habían bajado de precio de forma espectacular una vez ajustados a la inflación. Ehrlich perdió la apuesta y se vio obligado a pagar.

¿Por qué fallan sistemáticamente los modelos predictivos de los comités de expertos estatales y de las agendas supranacionales? Sencillamente porque desprecian la función empresarial y el sistema de precios.

Cuando un recurso escasea, su precio sube. Esa subida actúa como una señal de radio de alta frecuencia que incentiva a miles de empresarios independientes a buscar alternativas, a refinar técnicas de extracción, a reciclar y a innovar. El verdadero recurso definitivo no está bajo tierra; está entre nuestras orejas. Pero claro, intentar explicarle el funcionamiento del sistema de precios y de la función empresarial —esa que tan bien ha estudiado el catedrático español Jesús Huerta de Soto— a un legislador contemporáneo es como intentar explicarle la teoría de la relatividad a un ornitorrinco: un esfuerzo estéril que solo genera frustración en el emisor.

 

Conclusión: ¿Por qué deberías leer esto si odias que te organicen la existencia?

La tesis que defiende Ridley y que la tradición austríaca complementa no es una utopía ingenua; es un baño de fría realidad empírica. No necesitamos agendas centralizadas redactadas en despachos alfombrados de Bruselas o Nueva York para salvar el planeta. Lo único que necesitamos es que nos dejen en paz para cooperar, comerciar y crear bajo marcos institucionales que protejan la propiedad privada y la seguridad jurídica.

La verdadera historia de la humanidad no es el relato de las andanzas de sus reyes, presidentes o generales de tres al cuarto. Es la epopeya silenciosa de millones de personas corrientes que, buscando mejorar su propia situación, terminaron mejorando de forma cooperativa la de todos los demás a través de los mercados libres.

Si todavía creéis que la solución a los desafíos del mañana pasa por concederle más parcelas de poder al monopolio de la violencia legítima, hacedos un favor: leed a Ridley, repasad a los escolásticos españoles, profundizad en Hayek y abandonad esa pose de pesadumbre intelectual que tan bien le sienta al bolsillo de los gobernantes.

¿Qué opináis vosotros? ¿Creéis que el cerebro colectivo del mercado conseguirá sortear la asfixia regulatoria y fiscal que sufrimos hoy en día, o estamos ante el fin de este ciclo de progreso humano? Os leo con atención en los comentarios (y con mi habitual dosis de saludable escepticismo).

 

Referencias Bibliográficas

  • Azpilcueta, M. de (1556). Comentario de resoluciones de cambios. Imprenta de Andrea de Portonariis.
  • Hayek, F. A. (1945). «The Use of Knowledge in Society». The American Economic Review, 35(4), 519-530.
  • Huerta de Soto, J. (1998). Dinero, Crédito Bancario y Ciclos Económicos. Unión Editorial.
  • Mariana, J. de (1609). De monetae mutatione (Tratado sobre la alteración de la moneda). Colonia.
  • Mises, L. v. (1949). Human Action: A Treatise on Economics. Yale University Press.
  • Read, L. E. (1958). I, Pencil: My Family Tree as told to Leonard E. Read. Foundation for Economic Education.
  • Ridley, M. (2010). The Rational Optimist: How Prosperity Evolves. Fourth Estate.
  • Rothbard, M. N. (1970). Power and Market: Government and the Economy. Institute for Humane Studies.
  • Simon, J. L. (1981). The Ultimate Resource. Princeton University Press.